Era un enorme, lejano, negro y pulido pero amenazador teléfono, que mudo y sonriente observaba con burla hiriente a su dueño, mostrándole sus dientes de números grandes casi gigantescos con celosías de innumerables circunferencias. Angustia y temor sentía al verlo allí tan negro y demoníaco. ¡Ah, teléfono de sus angustias!, que le susurraba: “acércate, acércate más, más… ven pronto, maneja mis miembros cansados de aguardar, ¡qué esperas!... nada perderás, ¡caramba!, ¡hazlo!, ningún trabajo te cuesta levantar mis labios alargados y sensuales y ponértelos a los tuyos que claman amor… amor…” Y aquel aparato casi infernal para su tortura seguía insistiendo: “Yo te haré el favor de darte la felicidad que ahora rehúyes injustificadamente, te estás atormentando por gusto… ven, acércate… acércate más… más…” ¡No! Fue un “no” que salió de su garganta reseca. Se llevó ambas manos a los ojos y se tapó los oídos y se alejó de su presencia.
Jaime García S.
Una historia como otras
1 comentario:
Uno de mis peores enemigos, definitivamente.
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