
Antes solo me deprimía, odiaba los días de lluvia. Luego simplemente contemplaba las miles de gotitas que se estrellan contra el pavimento para desaparecer entre el río de agua que forman, como si fuera un acto suicida. Después, se convirtió en la excusa para una conversación con cualquiera que se atravesara en mi camino. Con el tiempo me concentré en explorar otras sensaciones que resultaban del acto de llover; creo que no podré olvidar el olor de la lluvia. Un día me canse de huir de ella y me detuve a sentir el frio y la suavidad del agua por todo mi cuerpo, y mientras escuchaba una canción (de Coldplay) le di ritmo a su caida vertical. Ahora, cuando olvido mi paraguas (la mayoría del tiempo), alzo mi rostro al cielo, abro mi boca y siento en mi lengua su sabor, como el sabor del hielo. A veces no es tan mala la lluvia.

